Basket Case

Desde el prólogo de la cinta, Henenlotter rompe con las delicadezas. Un hombre -que después sabremos es el doctor Lifflader- es acosado por una presencia en su casa, que jamás vemos a cuadro, acrecentando con ello el misterio acerca de la figura del agresor, quien actúa cobijado por una cámara subjetiva que pone al público de frente al atentado. En el momento en que el hombre es asesinado sólo una mano deforme nos dará información acerca del agresor. De entrada ya sabemos que “eso” no es del todo humano.



Uno de los logros de Basket Case es el de invertir el papel del público. De ser simples observadores de la acción se han convertido en participantes de ella, permitiendo que la entidad agresora actúe en planos subjetivos, haciendo que el espectador se identifique con ella por medio de su único punto de vista. Algo similar a lo que desarrolló el italiano Dario Argento con sus giallos y que en Estados Unidos sólo se había apreciado con la maestría que John Carpeter supo imprimir al prólogo de Halloween, y curiosamente, también en las imposibles cámaras subjetivas de Sam Raimi en El Despertar del Diablo.